El 24 de junio, Venezuela vivió una de las tragedias más dolorosas de su historia reciente. En doce años y medio de escribir cada mes estas páginas, jamás habíamos enfrentado un mes así. Pero precisamente por eso seguimos escribiendo, porque desde que nació Trabajo y Persona en 2009 hemos aprendido que en los momentos más difíciles es cuando más vale la pena contar lo que ocurre, dar testimonio de lo que la gente es capaz de hacer y recordar que las buenas noticias no desaparecen, aunque cuesten más encontrarlas.
Lo primero que vimos fue algo espontáneo e increíble. Una marea de personas que comenzaron a moverse solas, por impulso propio, para atender a quien más lo necesitaba. Familias, vecinos, colegios y la Iglesia. Luego vinieron las organizaciones internacionales especializadas en responder a la emergencia inmediata. Pero en los primeros momentos —los más decisivos— fue la ciudadanía la que respondió. Y entre esa ciudadanía estaban nuestros egresados.
Las egresadas de Gastronomía 360 apoyando comedores y preparando alimentos para los afectados. Los Cuidadores 360, desde sus parroquias, atendiendo a los más vulnerables. Las costureras, confeccionando ropa y piezas para quienes habían perdido todo. No fue una respuesta coordinada desde arriba; fue algo más hermoso y más verdadero: miles de personas impregnadas de un carácter, de una filosofía, que las llevó a moverse naturalmente hacia el otro.
Ahora bien, como nos recuerda el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, «las ayudas económicas a los pobres son a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo» (n. 149). Luego de recuperar las fuerzas y sanar las heridas, llega el momento de volver a pescar, no de recibir el pescado. Estamos entrando en esa fase donde dar oportunidades para que la gente trabaje y sea protagonista de su vida se vuelve lo más urgente. Desde 2009 son miles los testimonios de personas que prefieren ganarse lo que llevan a casa. Esa dignidad no cambia en medio de la tragedia; al contrario, se hace más necesaria que nunca.
En estos momentos recurrimos a San Benito Abad, patrón de Europa e inspiración fundacional de nuestra obra. Él encontró Occidente en ruinas tras la caída del Imperio romano y no propuso un plan de reconstrucción. Se detuvo, fue a un monte a rezar, las personas lo siguieron, y de esa comunidad de ora et labora —reza y trabaja— nacieron los monasterios que reconstruyeron la civilización. La clave no fue la eficiencia, sino la comunidad: personas unidas por algo más grande que ellas mismas.
Esa es nuestra invitación en este junio tan especial. Convertir el trabajo en oración, y la oración en agradecimiento, ofrecimiento y discernimiento para conectar el hacer con lo trascendente y no cansarnos. Construir juntos una Venezuela donde cada persona pueda ser protagonista de su propia vida. Educando protagonistas del bien común, hoy más que nunca.
Alejandro Marius